Odisea Digital

El blog de Carlos Otero Barros

En busca de la feature perdida

Y otras reflexiones sobre la durabilidad de lo digital

Carlos Otero Barros

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Publicado 12/10/2015
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¿Quién podía a imaginar que en 2015 una empresa que crea software de consumo no implementaría la metáfora de la papelera? Es el caso del servicio Pulse de Linkedin, donde puedes crear un artículo y divulgarlo a todos tus contactos. También puede editarlo cómodamente, borrarlo pero… no recuperarlo. Lo sé porque he cometido el error de borrar uno y el servicio de soporte de Linkedin me dice (no sin sorna) lo siguiente.

Respuesta del departamento de soporte de Linkedin al tique abierto por incidencia en borrado de artículo en Pulse
Respuesta del departamento de soporte de Linkedin al tique abierto por incidencia en borrado de artículo en Pulse

Mi odisea con esta ausencia de funcionalidad injustificada me ha llevado a compilar aquí algunos casos recientes de control excesivo por parte de los fabricantes de software y proveedores de servicios on-line. Su control sobre los contenidos, sobre las características o features de sus productos y –finalmente– sobre los productos físicos que embeben software, debería preocuparnos al menos tanto como su intromisión en nuestra privacidad.

No somos dueños del contenido que creamos

Por ejemplo, para mi sorpresa las nuevas generaciones han aceptado de buena gana no poseer físicamente la música que escuchan, sino consumirla ad hoc en dispositivos electrónicos que reciclan cada pocos años. Todavía no entendemos bien qué ocurrirá con los formatos de esos activos digitales en el futuro a medida que evolucione la tecnología.

Por otra parte, yo recuerdo el disfrute que nos producía acariciar y escudriñar la cubierta de un LP o pasear con la sensación táctil de la cubierta de un libro querido en la mano. De algún modo el soporte físico no sólo nos acercaba el contenido sino que terminaba sirviendo de anclaje para nuestras emociones. Si tienes edad suficiente prueba a reecontrarte con un viejo LP o libro de tu adolescencia y verás como afloran recuerdos y emociones aparentemente acumuladas en el objeto.

Mi comportamiento actual es dual: compro el libro técnico o funcional en formato electrónico porque me permite hacer búsquedas, copiar texto, tomar notas de manera ágil; sin embargo compro en papel los ensayos sociológicos o socioeconómicos que presumo pueden ser trascendentales o pueden transformar mi visión de las cosas.

El caso es que el desarrollo del SaaS (Software as a Service) ha conducido al despliegue de toda una industria de consumer software y ésta a que los contenidos descargados o producidos por el consumidor estén al albur de lo que decida hacer con ellos el fabricante del software. Estamos en sus manos o, para ser justos, estamos en manos del fabricante, de sus partners y del regulador, que tarde o temprano aparece recortando los derechos que creíamos adquiridos con la compra.

En 2009 Amazon retiró dos famosos libros de George Orwell, 1984 y Animal Farm, de los dispositivos Kindle a través de los cuales habían sido vendidos. La excusa en este caso fue que habían sido añadidos erróneamente por un partner mediante de un sistema automático (sin supervisión). Aunque Amazon se comportó a la altura de las circunstancias devolviendo el dinero a los consumidores afectados, ¿qué habría ocurrido si el volumen de ventas hubiese sido verdaderamente importante para la facturación de la compañía?

Algo me dice que el verbo actualizar tiene en nuestras mentes un sesgo positivo, es decir, equiparamos actualizar con mejora o progreso. Los anglosajones son más explícitos e incluyen el prefijo up en el término update, no dejando lugar a dudas. Sin embargo, esa connotación entre actualizar y progresar es sólo es una verdad de facto, es decir,

no hay ningún soporte legal que nos asegure que las características de un producto digital van a seguir ahí por siempre.

Productos digitales que involucionan

Por supuesto no discuto la discontinuidad anunciada de productos que el fabricante quiere “matar” o sustituir por otro más completo o conveniente. Esa es una libertad del fabricante que tenemos que asumir como beneficiosa para la innovación industrial.

Me preocupa esencialmente que un producto en uso sea modificado a la baja (downgrade) durante su tiempo de vida. Que aquel valor por el que creíamos haber pagado disminuya subrepticiamente. Me preocupa que en tanto que se pueden actualizar remotamente por parte de su fabricante, no podemosdar por seguras las features de un producto.

En el ámbito de lo puramente digital Google es bien conocido por descontinuar no sólo features sino productos enteros, como lo atestigua esta lista de productos sepultados. Quizás Google Reader haya sido la más dolorosa de las amputaciones a las que nos han sometido recientemente.

Es irreprochable que una compañía privada entierre sus fracasos cuando los sufre, pero en Google parecen haberse unido a esa corriente de sobresimplificación de las interfaces de usuario en la que se encuadra el Pulse de Linkedin. Hace poco más de un año remozó por completo la interfaz de Google Maps (a mi entender una de las menos necesitadas de un restyling) cercenando servicios tan básicos y lógicos como la información sobre latitud y longitud o mistificando el uso del producto con símbolos gráficos de difícil comprensión. La versión móvil de este producto es de un nivel de usabilidad inusualmente bajo para tratarse de un producto de primera necesidad digital.

Como Google, Apple tambiém practica la sobresimplificación con frecuencia. Final Cut Pro X, la suite para edición de vídeo sufrió en 2011 de “amnesia de características” tras su rescritura desde cero. El caso más sangrante se dio en 2013, cuando aprovecharon su anuncio de rediseño de la suite de oficina iWork para eliminar características de los productos que sus usuarios más fieles echaron de menos enseguida. La excusa de adaptar su software a los microprocesadores de 64bits fue el parapeto detrás del que se escondió Apple ante las críticas.

Microsoft ha practicado durante años el perverso juego de barajarlo todo para que parezca nuevo, favoreciendo así su ciclo de renovación de software con frecuencia de 3 años. Debería ocupar un puesto destacado en esta lista por destruir nuestro know-how de uso de su sistema operativo. Sin embargo es más notorio el escándalo por la supresión del botón [Start] o [Inicio], ocurrencia que debutó con Windows 8 en 2012. A diferencia de muchas de las sobresimplificaciones que hemos comentado, ésta tuvo marcha atrás, agobiados por el clamor de los usuarios (¿o quizá por el bajo ritmo de conversión a Windows 8?).

En el mundo de la programación estábamos acostumbrados a contar con un período de adaptación que en el nuevo escenario del software de consumo ya no se nos concede. Así, una instrucción de un lenguaje que iba a ser sustituida o descontinuada se marcaba como deprecated durante una o dos versiones antes de ser inhabilitado o prohibido su uso.

La Web 2.0 es un espacio propicio para la experimentación y el downgrade de servicios. Y, como decíamos, los cambios vienen sin aviso y sin período de adaptación. Por ejemplo, sería complicado contabilizar las subidas y bajadas de la interfaz de Facebook a lo largo de los años (ahora una columna, ahora dos, de nuevo una…) pero el escándalo más sonado fue el de Digg en 2010, cuando la versión 4.0 de este portal incluía la eliminación del botón [Bury] (no me gusta) o funcionalidades como Favorites, Friends Submissions, Upcoming Pages, Sub-Categories, Videos y History Search.

Productos físicos que involucionan

A medida que el software se ha ido convirtiendo en parte sustancial del propio hardware, los productos físicos también han comenzado a dar síntomas de que su funcionalidad puede seguir una trayectora regresiva. Uno puede invertir una suma de dinero importante en un activo físico y encontrarse con que a los pocos meses “posee” un bien de valor depreciado por su propio fabricante. Cada parche, cada update, cada actualización del firmware o del software, pueden disminuir el valor del producto.

Tesla Motors protagonizó un caso similar en 2013, cuando deshabilitó mediante un update del software del Model S la suspensión inteligente por aire (smart air suspension). La razón esgrimida es bastante convincente: al parecer, los dos o tres casos de Model S que terminaron con la batería en llamas fueron debidos a que cuando el coche sube de velocidad la suspensión inteligente lo pega mucho al asfalto y cualquier astilla o fragmento metálico suelto puede terminar rompiendo la protección e incendiando las baterías de litio. Digamos que en este caso la balanza entre seguridad y features es razonablemente inclinada por el fabricante en nuestro (también su) beneficio.

Este caso de Tesla es especialmente interesante por dos razones:

  • Tesla no anunció la inhabilitación de la suspensión en la nota de prensa de su update.
  • La característica eliminada tenía un precio de mercado bien establecido, nada menos que 2.250$, que el dueño de cada Model S ha visto evaporarse al salir del taller del concesionario.

Es decir, no sólo queda en evidencia el intento de escurrir el bulto por parte del fabricante, sino que podríamos incluso establecer el montante de la indemnización en un hipotético juicio.

Presente o no en la nota de prensa lo cierto es que los dueños de los Model S sufrieron de un caso de feature perdida y echaron en falta su suspensión, por lo que Elon Musk terminó no-disculpándose a la manera informal de nuestros días, con una entrada en su blog: “We have rolled out an over-the-air update to the air suspension that will result in greater ground clearance at highway speed.”

En las próximas semanas sabremos cuál es el alcance cercenador de otro caso similar, el escándalo del software malicioso de Volkswagen. Más allá de que la compañía pague económica y penalmente su atrevido fraude, queda por conocer qué características de los automóviles afectados se verán comprometidas. Por ejemplo, ¿disminuirá el rendimiento del motor para cumplir con las especificaciones legales de contaminación con las que definitivamente no cumplía? Veremos.

No somos dueños de los productos físicos que compramos

Un último caso de hardware controlado por software viene a mi memoria y no sin preocupación máxima: el caso de los updates de software John Deere y el fin de la posesión de bienes físicos.

Históricamente, cuando comprábamos software para instalarlo en nuestros ordenadores, obteníamos a cambio una licencia, esto es, un derecho de usufructo del software por el que pagamos. El fabricante nos ofrecía updates remotos desde sus servidores en Internet con el mejor propósito de mejorar los fallos de diseño del producto, erradicar sus puntos débiles frente a ataques de virus y otros hackings. Pero lo cierto es que la licencia nos cede tan sólo el usufructo del producto tal y como es o como va siendo a medida que se le parchea y actualiza.

Los fabricantes de software mantienen celosamente los derechos de modificación de sus productos, de modo que sería ilegal que un usuario los transformase de cualquier manera posible para adaptarlos a sus necesidades.

Pero ahora que los automóviles y hasta los tractores contienen una parte muy significativa de comportamiento y funcionalidad debida al software, sus fabricantes reclaman aplicar al vehículo el mismo marco legal de licenciamiento. En otras palabras: tu tractor John Deere no es tuyo, tienes derecho a su usufructo pero no puedes hackearlo en modo alguno. Y, para asegurarse de que no te animes a hacerlo, aplican técnicas DRM (Digital Right Management) al software insertado en sus vehículos.

Hacia una Ley de derechos del consumidor digital

Lo anterior dio pie al desarrollo del OSS (Open Source Software), un movimiento fuertemente liderado por el sistema operativo Linux, que ha transformado la industria del software de manera profunda. No en vano, la difusión de productos como Linux o MySQL y los PC de bajo coste, cavaron la tumba de marcas como mi querida Sun Microsystems o erosionaron la posición en los data centers de Microsoft y Oracle.

Pero, en mi opinión, el éxito indiscutible del OSS tiene muy poco que ver con el control del código fuente por parte del usuario y está más claramente relacionado con el bajísimo coste de operación de estas plataformas, así como con la pléyade de profesionales formados en ellas. Al fin y al cabo, ¿cuántas compañías que basan su estrategia digital en Linux, MySQL o SugarCRM han modificado alguna vez el código fuente de estos productos?

Ahora bien, tomadas en conjunto, la amenaza de la feature perdida, de la desaparición de productos completos que hemos ayudado a crear y de la limitación del derecho de modificación de los bienes físicos constituyen un universo de derechos que no debería tardar mucho en fascinar a nuestros representantes en Bruselas.

No parece imposible que en un futuro no muy lejano veamos nacer una iniciativa encaminada a proteger al ciudadano de estas decisiones unilaterales de los fabricantes. Tenemos una Ley del olvido pero aún no tenemos una ley que nos permita mantener en pleno funcionamiento aquello que no queremos olvidar.

Tiempo al tiempo.

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